PAZ INTERIOR
La mesa cuadrada se parece a la mente de quienes la ocupan, menos a la de Camila.
Ella está sentada terminando de comer su torta de chocolate con las manos, en cada pedazo que devora se traga el odio y la cólera que siente hacia ellos. Camila quiere matar a su madrastra, a su padrastro y a la puta de su prima, es ese orden. Mira el reloj y apenas son las 6:00 de la tarde, muy temprano para dar fin a tanta mierda junta, sabe que aún no es momento de tomar el cuchillo y ver que tienen en su interior, de buscar si al menos tienen cicutas en vez de corazón.
Camila siempre amó el silencio, las pequeñas cosas -esas que nadie nota-, el olor que deja la lluvia en las paredes de su habitación, el frio suelo en contacto con sus pies, la brisa del viento con el roce de su piel, pero sobre todo ama su soledad, su soledad reflejada en los ojos de Tiago. Cada vez que se activa la bomba debajo de la mesa cuadrada, ella cierra los ojos y busca a Tiago en sus pensamientos. Es la única manera de calmarse, de no convertirse en una asesina, o lo que sería peor, en una suicida. Aunque, a decir verdad, esta última opción aún no está descartada pues, lo que más quiere es volar, salir, viajar, mudarse a un lugar sin tiempo ni espacio donde pueda sentir y tener las cosas que la hacen vibrar, incluyendo a Tiago, que murió la primavera del año pasado, cuando se abría una azucena, mientras nacía una criatura, mientras cantaba la cigarra y cuando la golondrina volaba para no volver.
6:15 pm Camila ya había terminado su torta de chocolate y cuando abrió los ojos para conectar otra vez con su realidad, vio a su padrastro, a su madrastra y a la puta de su prima, tendidos en el suelo. En sus manos el cuchillo con el cual partieron la torta estaba combinado de sangre y chocolate, el olor le producía una sensación agradable, excitante. No recuerda en que momento los mató, ni siquiera sabe si fue ella quien lo hizo, pero sentía la paz del amanecer abrazándole las entrañas. Salió a caminar, estaba lloviendo y los campos reverdeciendo otra vez.
La mesa cuadrada se parece a la mente de quienes la ocupan, menos a la de Camila.
Ella está sentada terminando de comer su torta de chocolate con las manos, en cada pedazo que devora se traga el odio y la cólera que siente hacia ellos. Camila quiere matar a su madrastra, a su padrastro y a la puta de su prima, es ese orden. Mira el reloj y apenas son las 6:00 de la tarde, muy temprano para dar fin a tanta mierda junta, sabe que aún no es momento de tomar el cuchillo y ver que tienen en su interior, de buscar si al menos tienen cicutas en vez de corazón.
Camila siempre amó el silencio, las pequeñas cosas -esas que nadie nota-, el olor que deja la lluvia en las paredes de su habitación, el frio suelo en contacto con sus pies, la brisa del viento con el roce de su piel, pero sobre todo ama su soledad, su soledad reflejada en los ojos de Tiago. Cada vez que se activa la bomba debajo de la mesa cuadrada, ella cierra los ojos y busca a Tiago en sus pensamientos. Es la única manera de calmarse, de no convertirse en una asesina, o lo que sería peor, en una suicida. Aunque, a decir verdad, esta última opción aún no está descartada pues, lo que más quiere es volar, salir, viajar, mudarse a un lugar sin tiempo ni espacio donde pueda sentir y tener las cosas que la hacen vibrar, incluyendo a Tiago, que murió la primavera del año pasado, cuando se abría una azucena, mientras nacía una criatura, mientras cantaba la cigarra y cuando la golondrina volaba para no volver.
6:15 pm Camila ya había terminado su torta de chocolate y cuando abrió los ojos para conectar otra vez con su realidad, vio a su padrastro, a su madrastra y a la puta de su prima, tendidos en el suelo. En sus manos el cuchillo con el cual partieron la torta estaba combinado de sangre y chocolate, el olor le producía una sensación agradable, excitante. No recuerda en que momento los mató, ni siquiera sabe si fue ella quien lo hizo, pero sentía la paz del amanecer abrazándole las entrañas. Salió a caminar, estaba lloviendo y los campos reverdeciendo otra vez.

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