Ejercicio: Me encuentro en la escena 7 de "El cuerpo de Giulia-no" (J.E.Eielson)



Recuerdo claramente que un día alguien me dijo: "Y finalmente te das cuenta que lo jodido de hacer las maletas no son las cosas que tienes que empacar sino todas aquellas que tienes que dejar". Pienso eso mientras boto 4 cajas llenas de mis chucherías basura y resumo estos 3 años en 2 maletas.

Es la hora de mi último café, bien cargado y sin azúcar, en la cocina del 402. Antes de beber el último sorbo de la última taza del último día en ese lugar pienso que la magia de las despedidas es que presumen un encuentro próximo; y al decir próximo pienso en cronos y la relatividad del tiempo, porque han pasado ya 10 años desde la última vez que dijimos "hasta pronto" y al decir pronto pienso que ya es tarde. 

No recuerdo en qué momento me paré de la mesa y salí a la calle con mis 2 maletas rodantes y el morral tricolor; pero aquí estoy, andando. Levanto la mirada tratando de buscar el nombre de la calle (mente en blanco, camino y por inercia se cruzan frases en mi cerebro) -debo dormir más, debo pensar menos, debo...¿qué estaba buscando? ahhh sí, Calle Esperanza 432 ¡ja! vaya nombrecito, pareciera que esto de pedir señales al cielo me está mandando bofetadas desde el infierno. "De esperanza no tenía más que el nombre, la que no esperaba nada de los hombres coleccionaba amores desgraciados, soldaditos de plomo mutilados. Pero un quiso una noche comprobar para qué sirve un corazón y prendió un cigarrillo y otro más...como toda esperanza se esfumó". Sabina me visita. 

Últimamente los números me persiguen, las cuentas regresivas y las cuentas del teléfono que perdí hace 2 días. Cruzo la vereda, doblo a la izquierda, estoy en la calle de los Desamparados pensando en la mortalidad del zancudo cuando una bandada de pájaros multicolores cruzó por encima de mí; tucanes, loros, chiwacos  y entre tantos y todos un solo pájaro blanco que por alguna razón no quiso seguir volando, no quiso seguir el torpe aleteo de sus compañeros, no quiso seguir volando, no quiso alejarse tanto, no quiso seguir, no quiso. De pronto y como cuando una hoja se desprende del árbol y es llevada suavemente por el viento hacia el centro de la gravedad, el pájaro blanco se posó en la rama de un árbol, cerca a una ventana que parecía la de un hospital, y allí se quedó, quieto. 

Dejé mis maletas y subí al árbol, me coloqué al costado del ave para observar mejor: un hombre con la mirada perdida adentro de la habitación, la melancolía le comía el alma y se había hospedado en sus entrañas. No parpadeo, me ha transmutado su nostalgia, volteo a mi izquierda y el pájaro blanco ya no estaba; había bajado hasta la loza blanca de mármol, ahora estaba frente a él. Esta era un ave que bien podría ser una mujer, una brisa, un amanecer o una mujer que bien podría ser un ave, una brisa, un amanecer; y él, él era un hombre con la mirada perdida adentro de la habitación tratando de reconocer no solo su cabeza roja, sus ojos ribeteados, su estómago, sus admirables dientes. Sino además el bazo, los riñones, las costillas, la vejiga, los nervios de su cuello y de su sexo, las glándulas oscuras y sus intestinos. La triple cascada de su sangre, su saliva, su orina. Y no solo sus huesos y cartílagos, sus músculos y sus células, sino además sus ácidos y sales, humores residuos. Todo eso putrefacto, sometido a las leyes de la descomposición de la carne.

"Se llamaba inmaculada aquella pura, que curaba el sarampión de los reclutas, coleccionaba nubes de verano, velos de tul roídos por gusanos. Pero quiso quererse enamorar como una rubia del montón y que él la sacara de la calle de los besos sin amor". No parpadeo, me ha transmutado su nostalgia. Sabina me visita.

Alguien con apariencia de oficial irrumpe la atmósfera, quiebra la quietud de la sala: 
- ¿Es usted pariente, esposo prometido, amigo, amante? ¿Reconoce el cadáver?, preguntó.

Bajo del árbol y vuelvo mis pasos hacia el camino que aún no encuentro. 
Hoy estuve en la morgue.

Jhuliana Acuña

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